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viernes, 2 de octubre de 2015

DESMITIFICANDO LA TORRE DEL ORO

Marcos Pacheco Morales-Padrón

El río Guadalquivir es la razón de ser del origen de Sevilla. En la Antigüedad, en el Medievo, en la Edad Moderna y en parte la actualidad, la condición fluvial de nuestra ciudad fue el sustento de su progreso y la columna vertebral de su configuración urbana.



Símbolo histórico y artístico, la Torre del Oro es una pieza única de la arquitectura del Islam, ya que es la más famosa torre militar almohade de cuantas se conservan en España. Por eso, esta fortificación es el hermoso artefacto que simboliza el maridaje de la ciudad con el río. La que puede considerarse como la segunda torre de Sevilla, tan vinculada al cauce de la grandeza de la ciudad y atemporal vigía de este, es hoy uno de los monumentos más visitados de nuestra ciudad.

De su planta dodecagonal salieron primero las órdenes mercantiles hacia todo el Mediterráneo, la costa magrebí y Flandes, y luego hacía el continente americano. Por ella desfilaron las preciosas telas de Oriente y los metales preciosos y especias de las Indias, mientras que al mismo tiempo partían los aceites de oliva del Aljarafe, los cereales de la campiña y hasta los vinos de Jerez rumbo al Nuevo Mundo.



Pero, ¿a qué se debe su curioso nombre?, ¿en qué se fundamenta? o, ¿cómo es que ha hecho fortuna?

   Existen varias historietas y anécdotas que entretienen y que merecen la consideración de estas líneas aunque, lejos de las populares creencias que muchos tenemos en mente, esta fortificación guarda poco paralelismo con ellas.

En un breve repaso por su etapa islámica, podemos señalar que fue construida en apenas un año (1220-1221) por el gobernador almohade de la entonces Isbilia, Abù l-Ulà. Con la misión de proteger el puerto del Arenal, fue durante siglos la guardiana del comercio marítimo-fluvial de la ciudad. A diferencia de otras torres, no se encontraba integrada en el recinto amurallado, sino que se trataba de una torre albarrana es decir, alejada pero unida con un paño de muralla o coracha al Alcázar.



A partir de su construcción, se irán fraguando varias leyendas e hipótesis. La teoría más difundida dice que supuestamente el pueblo almohade para darle una impresión de poder, recubrió la torre con azulejos para que pareciera dorada, llamándola de esta manera Bury Al-Dahab o Borg-Al-Azajal, que en árabe antiguo quiere decir “la torre dorada del río”. Una suposición ratificada por el cronista sevillano del siglo XVI Luis de Peraza en su libro “Historia de Sevilla”.

   Otra muy creíble y reciente referencia acerca de su apelativo hace mención a la misma proximidad de la fortificación con respecto al lugar donde estaba ubicada la ceca almohade, donde se almacenaba el oro y la plata para su futura acuñación.



A raíz de su primitivo nombre, los cristianos también la empezaron a conocer como “Torre del Oro”, debido a la traducción literal de la palabra que tuvo en época musulmana.

Sin embargo, antes de que las riquezas americanas empezaran a desfilar por delante de la Torre, del imaginario popular sevillano surgieron dos curiosísimas leyendas sobre el apelativo de la fortificación.

Sobre una de ellas la población, en referencia a su nombre, pronto dio por sentado que esta servía más de hucha que de defensa, e incluso pensaban que estaba destinada al cobro de los impuestos. De esta manera, apareció la siguiente leyenda:

En tiempos del vesánico monarca Pedro I (1334-1369), conocido como el Cruel por todos y como el Justiciero por Felipe II, le fue llevado ante su presencia un judío acusado de practicar la usura, práctica que estaba terminantemente prohibida por la Iglesia. Don Pedro, que aparte de ser cruel se caracterizaba por dictar unas sentencias un tanto peculiares, condenó al judío, ya que tanto le gustaba el dinero, a contar su tesoro, depositado en la Torre y que, una vez finalizado el inventario, sería liberado.



Así pues, el judío salió del Alcázar muy agradecido y contento, no solo por mantener su cabeza, sino además por tener una pena, según él, muy blanda, ya que daba por hecho que tendría liquidado el trabajo en pocos días. Con esa condena, fue encerrado en las antiguas mazmorras de la torre y allí se puso a contar.

Pero pasaban los días y aquello no terminaba nunca. El judío jamás pudo imaginar lo descomunal de los ahorros del monarca. Así pasaron los meses y los años hasta que, finalmente, el judío falleció sin haber podido terminar su condena. Lo que inicialmente pensaba que era una leve pena se convirtió en una cadena perpetua. Y tanto contó y contó, que dicen que si los niños sevillanos ponen sus orejas contra los muros de la Torre del Oro, en las noches de tormenta se puede escuchar en la lejanía la doliente y mortecina voz del judío con su interminable cantinela contable de ultratumba.



Curiosa historia, ¿verdad? De aquellos años de reinado nos llega la última leyenda donde el rey don Pedro vuelve a repetir protagonismo.

 Cuentan que la fortificación recibía el apelativo “del Oro” en referencia al color de los cabellos de una dama a quien el monarca tuvo encerrada en la torre: doña Aldonza Coronel, hermana de María Coronel. Esta mujer por escapar de las tentaciones del mundo se encerró en el convento de Santa Clara aguardando la vuelta de su esposo, don Alvar Pérez de Guzmán; que se encontraba desterrado en Aragón por rebelión.

    Sucedió que el Rey se prendó, o antojó, de ella un día que vio a esta señora paseando, cuyas trenzas por lo abundantes que eran, no podía ocultar en la toca monjil. La mujer que había solicitado al monarca el perdón para su esposo, al principio no parecía acceder a los designios del Rey, pero finalmente aceptó salir del cenobio. El monarca la sacó en 1357 de su clausura pero al estar en el Real Alcázar María Padilla, situó a doña Aldonza en la Torre con unos guardias para que la vigilasen.



   Una vez perdonado, Alvar Pérez de Guzmán volvió a levantar contra el monarca el estandarte de la rebelión con el pretexto de vengar la muerte de don Alfonso Coronel, señor de Aguilar y de libertar a su mujer. Pero Guzmán no consiguió lo que se proponía, y don Pedro se apoderó de su esposa que olvidó el honor de su antiguo esposo.

Pasaron los siglos y con el Descubrimiento o Encuentro con el continente americano, la imaginación de los sevillanos y de los extranjeros que pululaban por el Arenal volvió a correr relacionando los tesoros de las Indias con la ya centenaria Torre.

   Muchos siguen siendo hoy los turistas que leyendo las guías, y otros tantos sevillanos por las leyendas que les contaron, tienen el convencimiento de que en las mazmorras de la Torre se almacenaron los tesoros incas, mayas o aztecas. Aunque sí que es cierto que la construcción tenía cuatro cámaras, allí jamás se guardó ni el oro, ni ningún otro producto del Nuevo Mundo. Deducimos que este pensamiento se basaba en la ubicación del edificio a escasos metros del muelle de la Aduana, donde los barcos del Rey atracaban cargados de las riquezas americanas, que en su escaso espacio interior.



Hasta el último párrafo hemos enumerado las teorías más populares sobre el apelativo de “Torre del Oro”, aunque la científica no fue hallada hasta 2005, ¡783 años después de construirse!

   En la última restauración acometida entre 2004 y 2005, la limpieza de los sillares ha demostrado que el brillo que le daba nombre a la Torre era en realidad producido por una mezcla de mortero de cal y paja prensada de color almagra que se había utilizado para enlucir sus sillares. Por esta razón, el vulgo bien pudo denominarla “Torre del Oro”, en contraposición a la Torre de la Plata, que siempre estuvo encalada.

   Y aquí llegamos al porqué de su nombre. Ni áureos azulejos, ni mazmorras repletas de riquezas,  tan solo mucha rienda suelta a la intuición y la fantasía. Una simple argamasa pues, es quien tributa el nombre al baluarte más famoso de Sevilla.



    Con tan larga historia, la Torre del Oro no podía ser otra cosa que un Museo Marítimo. Como tal fue inaugurado en 1944. Se respetó su disposición interior y exterior, de modo que el espacio expositivo fue repartido en las dos primeras plantas, mientras que la última fue ocupada por dependencias administrativas del propio centro. Su exterior está bordado de singularidades. Aún son visibles los tres azulejos con el escudo de la ciudad que marcaron en el siglo XIX las crecidas del río.


FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA EMPLEADA


-         AMADOR DE LOS RÍOS, José. Sevilla pintoresca o descripción de sus más celebres monumentos artísticos. Barcelona: Ediciones El Albir, S.A., 1979.

-     FALCÓN MÁRQUEZ, Teodoro. La Torre del Oro y el Río de Sevilla. Sevilla: Excmo. Ayuntamiento de Sevilla con Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Sevilla, 1984.

-        GÓMEZ RAMOS, Rafael. La Torre del Oro, revisitada. Archivo hispalense. Revista histórica, literaria y artística. Diputación de Sevilla. Números 276-278. Año 2008. Páginas 237-265.

-          GONZÁLEZ DE CANALES, Fernando. La Torre del Oro testigo mudo de la Carrera de Indias. Revista de Historia Naval. Número 77. Páginas 65-83. Año 2002.

-        LAREDO QUESADA, Miguel Ángel. Historia de Sevilla. La ciudad medieval. Universidad de Sevilla. Colección de bolsillo. Valladolid, 1980.

-        MARTÍNEZ, Esther. La Torre del Oro. Edificios singulares. Revista española de defensa. Número 112. Páginas 76-77. Junio de 1997.

-           Mitos y leyendas: la Torre del Oro – CASTRA IN LUSITANIA




1 comentario:

  1. ¡Hola, Marcos!
    Precisamente hace muy poco que visité la torre del oro, y la verdad es que ahora la veo con otros ojos al saber toda su historia.
    Tu blog me ha encantado, es super original y bastante interesante para que los curiosos como yo sepan más datos de su tierra (yo personalmente soy de Huelva, pero me refiero a lo de tierra como Andalucía), me quedaré por aquí un ratito más, jajajaja.

    Un saludo!

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