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jueves, 16 de julio de 2015

EL PUENTE DE PIEDRA QUE SEVILLA NO LLEGÓ A TENER

Marcos Pacheco Morales-Padrón

Uno de los problemas crónicos que siempre adoleció Sevilla fue la dificultad de disponer de un paso seguro y estable sobre el Guadalquivir. Hasta que en 1852 el puente de Triana en gran medida solventó este asunto, desde la inauguración del puente de barcas, allá por 1171, no se construyó ninguno otro.



Es decir, entre 1171 y 1852 tan solo existió este insuficiente puente, cuyas continuas reparaciones, unidas a las crecidas del río que lo arruinaban, entorpecían de sobremanera el tráfico. Sorprende ver como una ciudad tan rica y populosa como era la Sevilla de aquellos siglos, no tuviera un puente de piedra acorde con su importancia como ya lo tenían otras ciudades como Córdoba, Toledo o Mérida.



El por qué a tan dilatada vida operativa de esta infraestructura islámica, tenemos que encontrarla en la técnica de aquella época. A pesar de la imperiosa necesidad que había, los avances humanos no daban de sí para construir un gran puente de piedra en esta zona. El suelo inestable y limoso, sumado a la fuerte corriente que en el meandro de Triana el río adquiría, impedía una construcción de tal envergadura. De esta manera, durante 681 años el puente de barcas, junto con una flotilla de lanchas y barquillas, suplió esta carencia yendo y viniendo de una orilla a otra.



Como remedio definitivo a los problemas de comunicación y comercio que ocasionaba el puente, don Juan Hurtado de Mendoza, conde de Orgaz y Asistente de Sevilla (1582-8), estableció contactos en 1586 para solicitar del Rey Felipe II la licencia necesaria para construir un puente de piedra a la altura de lo que hoy es Chapina. La ciudad estaba dispuesta a aventurarse en esta obra si tenía la certidumbre. A pesar del empeño puesto por las autoridades hispalenses, parece ser que el monarca hizo oídos sordos a esta petición, y el proyecto se postergó por 43 años.



Sin embargo, los planos se volvieron a rescatar en 1629 tras el desastroso “año del diluvio” que azotó Sevilla en 1626. Según el cronista Diego Ortiz de Zúñiga, la riada costó hasta cuatro millones de ducados. Fue tal la magnitud de la catástrofe, que las aguas cubrieron un tercio de la ciudad, y como consecuencia, tres mil casas quedaron entre maltrechas y destruidas. Viendo que las comunicaciones quedaban rotas y que los problemas ligados al Guadalquivir iban a más, don Diego Hurtado de Mendoza, vizconde de la Corzana y Asistente de la ciudad (1629-34), hizo el intento que más posibilidades tuvo de levantar un puente de piedra.



A iniciativa suya, le pidió a su amigo don Gaspar de Guzmán, el conde-duque de Olivares, apoyo en la Corte para llevar a buen puerto la obra. Con la colaboración de Andrés de Oviedo, Maestro Mayor de Obras del Consejo, se trazó la planta y montea del puente proyectándose también su entorno. En un primer momento, se pensó construirlo en la zona conocida como el “bañaderío”, unos cien metros aguas arriba del puente de barcas, donde el río tenía menor profundidad, aunque era más ancho (1.150 pies por solo 550 a la altura de la Torre del Oro). Dos siglos después, los baños que en Torneo y los Humeros se daban corroborarían tal curioso nombre de ribera.




El puente planeado era de sillería almohadillada con más de 25 arcos, unos apuntados y otros, los que cruzaban el cauce, semicirculares. Las enjutas de estos últimos se ornamentaban con motivos del Bajo Renacimiento. Tenía fuertes estribos para cortar las crecidas del Guadalquivir, con tajamares y dos rampas de acceso por la margen de Triana. Para que se hagan una idea de sus dimensiones, sólo el puente romano de Córdoba tiene 16 arcos, que suman 331 metros. El resultado sevillano hubiera sido un puente de casi 450 metros de largo. Para su construcción se redactó un presupuesto para recaudar los 50.000 ducados que se suponía tendría de coste: cada bestia pagaría de portazgo de dos maravedíes, tres cuartos el carro cargado, un real cada cien carneros y dos maravedíes cada res vacuna; además, se impondrían un real al mes en cada taberna y bodegón y ocho maravedíes en cada arroba de vino. Los doce mil ducados que se cobraban de la entrada del pescado para las fortificaciones de Cádiz, se aplicarían a la obra del puente, y la Lonja de los Mercaderes prestaría los cuatro mil ducados restantes. Además, la ciudad a la larga se ahorraría los seis mil ducados que le costaban el mantenimiento y constante reparación del puente de barcas.



Finalmente, el 2 de septiembre de 1631 el vizconde de la Corzana enviaba al conde-duque de Olivares una carta con el boceto del futuro puente; impreso por Francisco Lyra. El proyecto definitivo aunque resolvía los problemas técnicos: poca profundidad del cauce, corrientes suaves y cimentación adecuada, fue rechazado por Madrid. Lo impopular de sufragar la obra con impuestos o grabando las mercancías de consumo, sumado a  la cobardía de la Corte, dejaba a la ciudad con su antiguo puente, que 37 años después, en 1671, ¡cumpliría los 500 años!



Sin embargo, Sevilla no abandonó la idea de unir ambas orillas a través de un puente hecho y derecho; nunca mejor dicho. Los proyectos siguieron sucediéndose hasta que en 1844, los ingenieros franceses Gustavo Steinacher y Ferdinand Bernadet presentaron tres proyectos de puentes: uno de piedra, otro colgante y uno de hierro colado con dos pilastras centrales. Finalmente, este último resultó ser el elegido para formalizar nuestro primer puente: el de Triana o Isabel II.



FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

-          BABÍO WALL, Manuel. Aproximación etnográfica del puerto y río de Sevilla en el siglo XVI. Sevilla: Los libros del Caballero de La Sierpes. Editorial Don Quijote, 1990.

-           SALAS, Nicolás. Sevilla y sus puentes. Sevilla: Guadalturia ediciones, 2009.

-          VV.AA. Los puentes sobre el Guadalquivir en Sevilla. Sevilla: Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, 1999.

-        DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio. La Sevilla del siglo XVII. Historia de Sevilla. Dos Hermanas (Sevilla): Universidad de Sevilla - Colección de bolsillo, 1984.